jueves, noviembre 09, 2006

(Domingo 5 de agosto)

Miré mi soledad. Era un espejo detenido a la sombra del árbol. El silencio taladraba en mi cabeza con su consigna del recuerdo, sólo veía un desierto hecho dunas y el sol se ocultaba lentamente con sus destellos de otoño. Mis pies se hundían y no podía moverme, hacer nada, tampoco había en mi rostro desesperación y sí un largo canto que surgía de mi vientre, un sollozo imperceptible al oído, pero la piel sentía el vacío que se albergaba a cada instante. La arena era un algodón en que desaparecía todo rastro de agua y la sed aumentaba con la tarde y las rodillas se enterraban, el crepúsculo daba paso a Venus y a las estrellas que galopaban deprisa en el azul aún rojizo del horizonte.
Ciudad de México

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