miércoles, noviembre 08, 2006

(Martes 23 de marzo)

Algo arrastré desde el último sueño, era la frialdad de las horas en vigilia, las voces de siglos que cantaban la niebla, la espuma húmeda del sueño del que no se regresa sin dar el paso de la alondra. Entonces tomaste mi mano y era tuya, supimos que nada de lo que sucediera podría callarnos, que nada igualaría el sudor del viaje a Liberia, el incendio del autobús y la bruma; no había retorno. Y fueron las señales de tierra donde las hormigas, nuestras vecinas, cavan su hogar y la noche fue corta para amarnos y la despedida fue corta con la certeza de un mañana con aroma de incienso, de un mañana en la cantina o el recuerdo, del sur o el mar encasillando al silencio. Lo supimos como se sabe la manzana, como la noche a cuestas de la aurora. Ahora sabemos del retorno, del eterno.

Ciudad de México

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